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LO DURO Y LO BLANDO

La relación performática de las cosas

por Juan Francisco Gárate

 

Hace algún tiempo atrás hablábamos acerca de la domesticidad en el arte (y todo lo que no es arte, incluso), a propósito de la obra de Sebastián Mahaluf. Por supuesto. La reciente obra de Mahaluf nos echa en cara que tal domesticación tiene por lo menos dos consideraciones que hacer: por una parte, lo positivo con que los objetos dentro del “universo arte” se conocen; y, por otra, el rechazo implícito, algo así como una negatividad constitutiva, en los objetos de ser aprendidos, al menos positivamente. Cuestión de interés en tanto nos permite situar las diferencias sustantivas entre las cosas en el terreno del arte. En efecto. Hay obras que son cosificables por cuanto son mesurables y toda su imaginación –el entendimiento sobre una cosa- se limitaría a las coordenadas de su aparición. Hay obras, empero, que son aprendibles solo en la condición en que la obra misma se ha tramado su negatividad respecto de sí. Así entonces, toda su imaginación de despliega más allá de la obra misma. Un ejemplo es la muestra reciente (MNBA, 2006-07) donde aparece la exposición de un traje de miles de cuentas rojo sobre una superficie de luz en una sala tramada por miles de hilos plateados dispuestos al modo de una bóveda. Claro, se podría pensar en la exposición de un objeto de arte como tantos alberga el museo. Sin embargo hay una diferencia notable. El traje en exposición tiene una constitución fuera de lo común en tanto no alude a la vestimentaria “civilizatoria”, esa que nos sirve para sortear la condición que nos imponen las buenas costumbres y el decoro. No queda más que pensar el traje como un evento performático –y no una cosa- en tanto cabe a la condición de uso de una persona, en este caso del propio artista. El asunto es que la posibilidad de lo performático -en su imaginación- solo es discernible por lo menos en dos cuestiones, a saber, un antes y un después. ¿Cómo es esto? En verdad, muy simple. El traje rojo no es más que el momento en que se despliega un evento, continuo pero de diversos matices. Es en cierto modo un –reciente- resto arqueológico que comparece para re-articular su acción. Por ello está en exposición, para comprender desde su extensión, no sus límites como cosa necesariamente, sino para comprender la posibilidad de su historia. Pero también, y del mismo modo virtual, para imaginar sus andanzas nuevas. En otras palabras, el brillo de luz multiplicado por los millones de aristas de las cuentas del traje no es más que la posibilidad de hacer encontrar lo que fue con lo que viene, y en ese proceso nos encontramos nosotros como espectadores, conminados a imaginar la obra, a imaginar, finalmente, el arte. La cuestión radica, entonces, en “elastizar” -por usar una idea de Mahaluf- la “dureza” -por usar una idea general- de alguna clase de cosas.  

 

Una cuestión de interés en la susceptibilidad performática de la obra de Mahaluf radica en la re-utilización –y no reciclaje- de un grupo de obras que siempre están para organizar una relación universal. Hay que hacer notar que la bóveda de la obra del MNBA está conformada por elásticos, cuestión que ha aparecido en otras ocasiones pero de distinto modo, por ejemplo en “Nodo” (CCE, 2004-05) en que estos aparecen “sujetando y derribando” (virtualmente) el edificio en donde se encontraban estos emplazados; o bien en la performance de “Mnémica” (Die Ecke, 2005) en que la resistencia del propio artista está sometida a la tensión de los elásticos (que se habían usado en “Nodo”). Lo relevante es que estos dos ámbitos comparecen de manera concreta en la performance “Superficie y Resistencia Nómade” (Plaza Ines de Suarez, 2006), asumiendo de manera simultánea los dos ámbitos de la obra, y que parecían o bien podían pensarse distintas, aunque, sea dicho de paso, siempre estos elementos habían tenido una cierta susceptibilidad de relación, al menos en términos virtuales (la condición concreta de laxo/rígido de los elásticos en el espacio arquitectónico, reconvertido en rígido/laxo después de la instalación, en el CCE, etc.). Entonces, no había más que hacerlos converger. El mejor camino fue a través de la performance emplazado en el espacio público, un camino también virtual desde la performance de Die Ecke, en que Mahaluf se retira de la sala –hacia afuera, lejos, al espacio público- una vez cortados los elásticos que lo tenían constreñido. 

 

El traje fue estrenado como evento en una acción que el artista realizó en una plaza pública (Ines de Suarez, 2006) en la cual se desplegó un muro de elásticos puestos de manera horizontal entre dos árboles. El artista, premunido del traje de cuentas rojo, corrió y saltó hacia el muro elástico atravesándolo. Precisamente, lo duro y lo blando no son más que dos momentos simultáneos, posibles de sortear, para encontrar el sustrato de la obra. Dicho de otra manera, la performance es la posibilidad en las relaciones entre lo duro y lo blando, entre el artista y el mundo, más allá de la sacralidad del espacio del museo. De pronto lo rígido es alterado en todas sus expectativas económicas-sociales (las cuentas acrílicas de colores son la salida barata a la ilusión de la fantasía del lujo, además de ser siempre autónomamente una baratija) usadas para la confección de un traje que el artista tiene como vehículo de la acción. Este punto es de consideración en tanto nos permite pensar el objeto que está en exposición en el MNBA como una performance y no como un objeto, necesariamente. He ahí la susceptibilidad de lo performático, precisamente. La performance supone, en este momento, la conversión de todos los objetos y todos lo lugares en tanto nuevos contextos. O sea, la estrategia de Mahaluf ha sido de tal modo que no tan solo ha creado un “objeto” sino que, y principalmente, un contexto. Y la cuestión sigue, pues, cuando me entero de que es un contexto tengo ante sí la cosa, no la obra de arte como una cosa, sino el arte mismo. Por ello es importante sostener que la acción performática en Mahaluf es un tipo de relación con el ámbito de las cosas, como una relación para entender no tan solo una obra de arte sino que el movimiento que lo constituye como arte.

 

El traje en exposición no es sino que el momento virtual en el cual, al parecer, la única realidad se encuentra en la imaginación de lo que fue y lo que está por venir. Entonces, estamos conminados a sortear la cosa para encontrarnos con la cosa misma. Nos encontramos en la sala de museo con la obra de Mahaluf re-considerando el arte mismo.