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MÁS ALLÁ DEL FIN

por Camila Téllez

 

Desde que Vulcano ha encendido la rueda mercurial de la angustia en la que se proyecta el alma,  no codicia más que la multiplicidad de las cosas naturales. Ahora está sometida por completo al vaivén de las pasiones…

Alexander Roob

 

Solamente el pliegue nos guiará a la apertura, dicen. Allá veo ese pliegue que aparenta la salida, pero cuando me dispongo a atravesarlo, lo rodeo sobre su piel y llego al principio nuevamente, ya lo he intentado porfiadas veces.

           

Me cansé de la lógica, lo digo porque he comprobado que bordear el pliegue cual serpiente sólo me lleva nuevamente al principio, comienzo en la cabeza que se devora la cola, para terminar en la cabeza otra vez. A de ser la vida lo más mecánico que existe, que la rueda de la cabeza-cola, del cuerpo-máquina, conviven reiteradamente en la costura de un vestido, sin aquella costura, sin aquel encadenamiento unificador, el individuo, desprovisto de continuidad, se esguinza el cuerpo en el vacío, rompiendo los ligamentos que lo sostienen y dolorosamente, cae.

           

¿Hemos de cristalizar aquella envoltura? ¿Hemos de reforzar las costuras para no perder esa lógica de la continuidad a la que estamos subordinados?

           

Ahora estoy aquí, dispuesto una vez más a rotar los engranajes del tiempo, y darle cuenta regresiva a los segundos que resisten el fin. Anhelo el instante en que mi cuerpo es absorbido por el telar y pierdo mis límites en el pliegue, con un pie en el pasado y la cabeza pariendo el futuro.

           

¡Ni siquiera pienses!- dijo Aracné al unísono, porque en apariencia eran tres mujeres, o tres gracias, o tres parcas (si prefieren) que encarnaban el espíritu de la tejedora.

 

- ¡Eso es, adéntrate, recorre los telares uterinos de las generaciones, pero ni siquiera pienses, porque si lo haces, reemplazarás lo imperecedero por lo acabado, y ya habrás alcanzado inmediatamente el otro lado!- hablaban las tres bocas, pero sumidas en la labor constante de obrar redes de nudos, una en cada esquina de su cuerpo, con la visión anulada por las manos.

 

- ¡En esta atemporalidad, haz de encontrarte inconciente, e inconsistente para generar juicios, porque te has salido de tu cuerpo, sólo eres observador del encadenamiento que unifica tu individualidad con los tejidos generacionales. Haz de pasear por cada eslabón que se teje en tus fronteras físicas, recorriendo la infinidad de significantes de tu composición, que es la estructura básica de tu inconciente!

¿Eres un esclavo? ¡Ansías preguntarte, más somos nosotras las que hablamos por ti!- respondieron las tres.

 

- ¡Y la repuesta será tu propia obsesión por el calce, por la costura irregular que se diferencia de la sucesión de eslabones perfectos. Ese calce, esa unión irregular en la que insistes maquinalmente, es el cierre de la cadena, es la salida y la causa de todo. Donde se sitúa el eslabón particular, el broche más fuerte que es, a su vez el más débil.

 

Ese, es el objeto de tu deseo, y en su búsqueda, no anhelando más que desmesura, (porque bajo el poder subjetivo del deseo, todo pierde dimensión, todo se deforma y adquiere la hilarante sensualidad del barroco), desarticularás la cadena entera.

Tu paranoico deseo de conocer, de ciencia, de realidad, sólo se sentirá rastrero en lo oculto, aquí es donde olvida los límites, donde confunde, interpreta, manipula. Y en esta oscuridad descubrirá que el fondo de su espíritu es delirio!!

 

Rompió los ligamentos y cayó nuevamente al vacío, donde comprueba el ejercicio de emancipación, pero su cuerpo y su conciencia se reúnen bruscamente en el impacto con el suelo.